Recientemente hemos asistido al caso de una trabajadora de un centro en Boecillo que ha matado a tres menores y a continuación ha intentado quitarse la vida. Monitora en unos medios, cuidadora para otros, educadora en los menos… Las calificación profesional con que se la trata es dispersa. No son los primeros casos extremos que aparecen sobre centros de menores; bien sean estos de reforma, de tutela, etc.

Cada vez que ocurre algo de esto, en primer lugar te llega la tristeza y la rabia por el suceso y cuando te paras a pensar llegas a darte cuenta del desconocimiento de los medios de comunicación y de la sociedad en general acerca de este sistema. Sin querer centrarme en este caso concreto me gustaría apuntar un par de opiniones acerca de estos centros:

Las administraciones públicas tienden a dejar en manos de entidades privadas ( a veces de dudosa reputación) una responsabilidad que les corresponde. En caso de no encargarse directamente de ella, deberían realizar unos controles que garanticen el buen funcionamiento de los centros, inspeccionarlos y, en definitiva, realizar un intenso seguimiento. ¿Que mecanismos llevan a cabo para asegurarse de la eficacia de los servicios? No debemos olvidarnos que no hace mucho el Defensor del Pueblo alertó sobre malos tratos en algunos centros de protección a menores.

Las entidades en cuyas manos queda el servicio son las encargadas de contratar al personal, según sus propios criterios, pero ¿cuál es la preparación exigible para realizar este tipo de tareas? Al menos debería existir un mínimo común exigible, ya que en caso contrario basándose en ahorro económico pueden darse contrataciones de figuras profesionales de un nivel no adecuado.

Estas organizaciones privadas, con o sin ánimo de lucro, compiten entre sí en concursos públicos donde generalmente un factor determinante de la concesión es el ecónomico, por lo tanto bajar los precios es muy importante y esto puede ir en detrimento del servicio. Creo que con los menores – y en general, con los servicios sociales- no se debe jugar y los valores educativos y de calidad de los servicios deberían primar sobre el dinero.

Imagen tomada de adigitaldreamer.com